Fue una semana muy hermosa. Los que estuvimos con los chicos les vimos la cara de felicidad y después la cara de sueño. Gracias a los que cocinaron, a los que trajeron a los niños todos los días, y a Eric y Loren por planificar todo. Fue una bendición pasar la semana pensando en nuestros chicos y en lo importante que es conocer a Dios. Y quiero empezar por algo que capaz alguna vez te dijeron: cuidado con esos cristianos, que te van a lavar el cerebro.
«Cuidado con esos cristianos»
La gente asume muchas cosas: algunos por una mala experiencia con cristianos, pero muchos por desconocimiento. Hice una lista de cosas que he escuchado:
Estás perdiendo el tiempo, te van a lavar el cerebro.
Es costoso ser cristiano: tenés que desprenderte de cosas tuyas.
La iglesia está llena de hipócritas.
Tu religión te niega la felicidad, no te deja ni divertirte.
Si ayudás a los demás te vas a quedar sin plata.
Una vez un taxista me preguntó qué hacía. Le dije que era teólogo. «¿Qué es eso?» Bueno, sirvo en una iglesia. «¿Sos pastor? Ah, chanta, seguro. Ladrón. Debés tener una casa millonaria en el Tigre.»
A Jesús también le dijeron que estaba loco; hasta su propia familia fue a buscarlo para llevárselo. ¿Y cómo se defendió? Como el sabio y el gran maestro que era: contando historias, contando parábolas. Y cuando le preguntaron por qué contaba historias tan enigmáticas, dijo que era para que algunos entiendan y otros no. Depende del corazón, depende de la búsqueda, depende de cuán sintonizados estamos con el reino de Dios.
Algo viejo y algo nuevo
«Todo escriba que se ha instruido acerca del reino de los cielos es como el dueño de una casa, que de lo que tiene guardado saca cosas nuevas y viejas.» — Mateo 13:52 (NVI)
¿Qué está diciendo Mateo? Que Jesús trae algo viejo y algo nuevo. Lo viejo es la sabiduría: la del Génesis, los proverbios, la ley, toda la revelación de Dios. Lo nuevo es la llegada del reino, y eso es lo difícil de entender. Los fariseos conocían la ley, eran expertos; lo que les faltaba era sabiduría para interpretarla. Si a nosotros no nos entienden, imaginate a Jesús, que estaba haciendo algo inédito en la historia.
Historias sobre cosas chiquitas
«El reino de los cielos es como un grano de mostaza… Aunque es la más pequeña de todas las semillas, cuando crece se convierte en árbol, de modo que vienen las aves y anidan en sus ramas.» — Mateo 13:31-32 (NVI)
Si me dijeras que adentro del zapato tengo una semilla de mostaza, capaz ni me tomo la molestia de sacudirlo; capaz ni la encuentro. Y pensá: ¿quién quería, siendo campesino, un árbol de mostaza en su campo? Nadie. Después venían las aves y se comían lo sembrado. Algo que parece inofensivo y menospreciable crece más de lo esperado y de repente estorba un poquito. Con la levadura es igual: se precisa poquita para leudar toda la masa, y quien no sabe de cocina capaz ni la distingue.
«El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió… lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo.» — Mateo 13:44 (NVI)
Si mañana un familiar tuyo vendiera el auto, la casa y toda la ropa para comprar una sola cosa, ¿qué dirías? Está loco. Y en un país con tanta inflación sabemos lo difícil que es vender lo viejo, que compramos con tanto esfuerzo, para comprar algo nuevo. Hace unos años, en Estados Unidos, un hombre compró por diez dólares una piedra en una de esas muestras de rocas. La rompió, y adentro había una joya que valía dos millones y medio de dólares. Ni los que la vendían sabían su valor. Nosotros desconocemos muchas veces el valor de las cosas.
Y está la red, que se echa al mar y saca peces de todas clases; cuando se llena la sacan a la orilla, se sientan y separan los buenos de los malos. Pareciera que en el reino hay un valor desconocido y también una lógica desconocida.
Otra lógica para orientarse
¿Cuántos vivieron en Buenos Aires cuando existía la guía T? Era una revistita que comprábamos en el kiosco, porque no existían los teléfonos inteligentes. Abrías el librito: estoy en el cuadrante A4, quiero llegar a tal lugar de la página 18, y revisabas qué colectivos pasaban por cada lado. Si alguno coincidía, buenísimo; si no, buscabas en otro cuadrante. Para andar por la ciudad hacía falta una referencia.
La vida cristiana, como el reino de los cielos, es una forma nueva de orientarse. Cuando uno no conoce el reino de Dios, ¿cómo camina? Por lo que conoce, por lo que le contaron; y muchas veces no es por maldad, sino por ignorancia. Hacemos lo que podemos con lo que tenemos a mano. Pero el reino tiene su propia lógica. El último será el primero: no tiene sentido, es muy raro, y sin embargo Jesús lo afirma en más de un lugar.
Un filósofo danés decía que nuestra sociedad no entra a la joyería a robar las joyas: entra de noche y cambia las etiquetas, y al otro día vuelve y compra todo barato. No es que las cosas no tengan valor: es que les atribuimos otro. Y en el reino, ¿quién es el más valioso? Ninguno más que otro.
Entregar todo y recibirlo como don
Tenemos una obsesión de miles de años por poseer cosas. ¿Está mal tener cosas? No. Pero cuando Dios visitó a Salomón en un sueño y le dijo «pedime lo que quieras», Salomón pidió sabiduría, y Dios le concedió todo lo demás. Y a Jesús, en el desierto, el diablo le ofreció el atajo: convertí estas piedras en pan y mirá cuántos seguidores vas a tener. Había mucha hambre en Palestina en esa época. Jesús dijo que no: hay otra manera de ser Mesías, hay otra manera de ser rey. Pudiendo sanar a todas las personas de una vez, sanaba de a poco, a algunos.
Si no escuchan nada más de lo que digo hoy, quiero que escuchen esto: cuando abrazamos el reino de Dios tenemos que entregar todo, darle todo a Dios. Pero no salimos perdiendo. Todo lo que pensábamos que poseíamos, Dios nos lo devuelve como don, como regalo. Todo lo que habíamos ganado con nuestro esfuerzo, con el sudor de nuestra frente, vuelve a nosotros de otra manera. Y ya no importa tanto que seamos los poseedores de esas cosas, sino que las podamos disfrutar muchas veces sin poseerlas. No sé si se entiende.
Puede ser que vos no tengas casa propia en esta ciudad, pero tenés 20 casas. Puede ser que vos no tengas familia en esta ciudad, pero tenés mucha familia.
La incomprensión es una buena señal
Entonces, ¿debería sorprendernos que no nos entiendan? No debería. Una buena señal de que estamos viviendo bien la vida cristiana es justamente la mala comprensión de los demás. Si nos parecemos bastante a los que éramos antes, si nuestra forma de vivir no le suscita ninguna pregunta a nadie, capaz no entregamos todo. Si estamos muy cómodos, si no hay incomprensión, si la fe no nos cuesta nada, si no nos desafía, si Jesús no nos exige tanto, capaz no es con Jesús que estamos caminando.
Dios nos ofrece otra manera de vivir acá en la tierra, y se llama reino de Dios: vivir con Dios como rey. Y cuando Dios es rey, las cosas se comparten. El amor se regala. El perdón se multiplica. Donde comen dos, comen tres, y comen cuatro, cinco y seis.
Mil veces es mejor vivir en el reino de los cielos, en la tierra, que vivir en la tierra sin el rey.
Que Dios nos ayude a no achicarnos ante la incomprensión de los demás, porque queremos vivir según su lógica, que en realidad es la lógica de la creación. Queremos entregarle todo, vender todo para comprar este campo, conseguir esta perla de gran precio. Queremos ser sabios. Y lo pedimos especialmente por nuestros chicos, para poder enseñarles no solamente con palabras, sino con el ejemplo de que le hemos dado todo a él.



