Esta vez la prédica tomó otra forma. En vez de un sermón, Doug Wagner se puso en el lugar del apóstol Pedro y nos contó la historia de Jesús desde adentro: con la voz del pescador que lo siguió, lo confesó, lo negó y volvió a ser recibido. Lo que sigue es ese testimonio, en primera persona.
Antes era un pobre pescador en Galilea
Mi nombre es Simón, aunque temprano en mi tiempo con Jesús él me quiso llamar Pedro, que significa piedra. Nací en Betsaida, y desde chico siempre fuimos los mismos: dos pares de hermanos. Andrés, mi hermano, y por ahí andaban Juan y Santiago, cuyo padre también era un viejo pescador. Nuestras familias nunca tuvieron mucha plata, pero la fe y las tradiciones de casa hicieron feliz nuestra niñez.
Un día Andrés vino y dijo que había encontrado al Mesías. Cuando conocí al carpintero de Nazaret, fue evidente que no se parecía a ningún otro hombre que yo hubiera conocido. Caí rostro en tierra a sus pies y le pedí que se apartara de mí. Yo sabía muy bien lo que era: un pecador.
Vi cosas asombrosas mientras caminaba con Jesús
Puede que no me creas todo lo que le vi hacer. Perdí la cuenta de las parábolas y de las sanidades. Dondequiera que fuera se juntaban las multitudes: los enfermos, los atormentados, todos venían a verlo. Me acuerdo de una casa tan llena de gente que cuatro hombres subieron a un paralítico al techo y lo bajaron desde arriba. Jesús lo sanó, y el hombre se fue caminando.
Otra noche nos mandó a cruzar el lago en la barca y lo vimos venir caminando sobre el agua. Pensé que estaba soñando. Le grité: «Señor, si sos vos, mandame ir hasta vos sobre el agua». Estaba seguro de que con eso se terminaban las locuras que hablábamos entre nosotros. Pero me llamó. Y también me salvó de hundirme. Igual les confieso algo: por un par de pasos, yo también caminé sobre las aguas.
A Santiago, a Juan y a mí nos dejó entrar donde los demás no entraron. Vimos a Jesús levantar a una niña que había muerto. Subimos a un monte y Jesús brillaba, y lo vi hablando con Moisés y con Elías. Yo no lo hubiera creído. Pero lo vi.
«Vos sos el Mesías» y, un rato después, «apartate de mí»
Una vez Jesús nos preguntó qué decía la gente de él. Habíamos escuchado de todo: que Moisés, que Elías, que algún profeta. Pero nunca me voy a olvidar de la pregunta que vino después: «¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?». Ninguno sabía qué contestar. Parecía que los demás esperaban que yo dijera la primera cosa que se me ocurriera. Y le dije: «Vos sos el Mesías, el Hijo del Dios viviente». ¿Qué otra cosa podía decir?
«—Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? —Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente —afirmó Simón Pedro.» — Mateo 16:15-16 (NVI)
Pensé que había dado la respuesta correcta, y sin embargo resultó un día durísimo. Enseguida Jesús se puso a hablar locuras: que subíamos a Jerusalén y que allá lo iban a matar. Yo no podía permitirlo. Lo aparté de los demás y le pedí que dejara de decir esas cosas. Y se dio vuelta contra mí.
«¡Aléjate de mí, Satanás! Quieres hacerme tropezar; no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.» — Mateo 16:23 (NVI)
Hubo días en que de verdad no sabía qué decir. No entendía todo lo que Jesús decía. Pero por los milagros, por los enfermos que sanó, por el poder de Dios que nos mostró, yo sabía una cosa: no teníamos a quién más acudir.
El que juró que nunca lo iba a negar
Camino a Jerusalén todo se puso pesado, como si Jesús supiera que algo grande estaba por pasar. El jueves comimos la Pascua y, antes de la cena, hizo la cosa más rara: se sacó el manto y se puso a lavarnos los pies. Eso lo hace un siervo, y nosotros sabíamos que él era nuestro rabino, el Mesías. Los demás lo dejaron pasar; yo tuve que preguntar: «Señor, ¿también a mí me vas a lavar los pies?».
Esa noche dijo que uno de los doce lo iba a entregar, y Judas se levantó y se fue, y no supimos por qué. Yo dije algo, y todos los apóstoles lo repitieron después: «No importa lo que hagan los demás, yo nunca te voy a negar». Jesús me miró y levantó tres dedos.
Salimos al huerto. Nos llevó a Juan, a Santiago y a mí un poco más adelante. Era tarde, teníamos sueño y estábamos confundidos; volvió dos veces a despertarnos. Después llegó la turba, con Judas al frente, y le dio un beso. Saqué la espada y traté de pelear, y Jesús le sanó la oreja al hombre. Todos huyeron corriendo.
Yo lo seguí de lejos. Terminé con unos pocos hombres alrededor de una fogata, tratando de no perderlo de vista. Dos veces me acusaron de haber estado con él, de ser uno de ellos, y tuve demasiado miedo para defenderlo: me quedé inmóvil. Y lo negué por tercera vez. Ahí me volvió todo. Él me había avisado que, antes de que cantara el gallo, lo iba a negar tres veces.
«El Señor se volvió y miró directamente a Pedro. Entonces Pedro se acordó de lo que el Señor le había dicho: “Hoy mismo, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces”. Y saliendo de allí, lloró amargamente.» — Lucas 22:61-62 (NVI)
Desde donde lo tenían, me miró. Nos vimos. Y salí corriendo, llorando amargamente. No sabía qué otra cosa hacer.
El ángel dijo mi nombre
Del viernes y del sábado casi no me acuerdo. El domingo, después del amanecer, unas mujeres fueron a la tumba y volvieron diciendo que el cuerpo de Jesús ya no estaba, que un ángel del Señor les había dicho que él nos iba a ver en el camino. Y me dijeron que Jesús también me quería ver a mí.
«Pero vayan a decirles a los discípulos y a Pedro: “Él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal como les dijo”.» — Marcos 16:7 (NVI)
Y a Pedro. Todavía no lo puedo creer. Me costaba volver a mirarlo a la cara. Pero antes de ascender al cielo y dejarnos, me perdonó. Nos perdonó a todos. Y nos dio una misión. En esa misión venimos trabajando desde aquel día.
Lo que quiero que recuerden de mi historia
Tal vez dije algunas cosas buenas, pero estaba fuera de control. Quería servirle con tantas ganas que no llegué a ver las cosas como él quería que las viera.
«Por algún motivo siempre hablaba antes de pensar. Siempre tenía que ser el primero en la fila. Primero en responder. Primero en hablar.»
Y la noche antes de que lo crucificaran tuve tanto miedo que juré que nunca había conocido a Jesús. Si no fuese por el poder de Dios en mi vida, yo podría haber terminado como Judas. Ese fue mi punto más bajo, tan bajo que pensé que ya no había vuelta atrás.
«Yo pensé que no había manera que Jesús me volviera a amar. Pero me amó. Me perdonó.»
Y ahora hago todo lo que puedo para que él esté orgulloso de mí.
Esa es la historia que Pedro nos dejó escuchar. Ver cómo Jesús lo trató, con su apuro, su boca y su miedo, nos deja ver algo de la hondura de su amor por nosotros. Pedro negó a su Señor en el peor momento y después fue perdonado, fue restaurado, y pudo confirmarle su amor y servirle el resto de su vida. Si alguna vez pensaste que lo que hiciste te dejó afuera, mirá bien esta historia: a Pedro no lo descartaron. Lo fueron a buscar.



