19 de julio de 2026

El Dios que nos ve en el desierto

El desierto no es el abandono de Dios, sino el lugar donde nos forma y donde nos ve, preparándonos para volver a vivir en su presencia.

Predicado por

EP

Eric Prato

19 de jul de 2026


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Mi hijo Liam está en una etapa en la que dice algo que todo papá ha escuchado mil veces: «Papi, papi, mira esto». Y después se queda mirándome, esperando mi reacción. Me da todavía más ternura cuando lo dice en inglés, porque en vez de «mira esto» dice algo que se traduce como «veme». Quiere ser visto. Y ese deseo no lo dejamos atrás nunca: es universal. Quiero que mi esposa me vea, que mis amigos me vean; todavía hoy quiero que mis papás me vean. Porque cuando somos vistos nos sentimos conocidos, y nos sentimos seguros.

Ser visto es una forma de intimidad

Esa seguridad entre las personas es algo que Dios estableció en el Jardín del Edén. Adán y Eva estaban desnudos y no tenían vergüenza: no tenían nada que esconder. Y esa desnudez no era solamente física, sino emocional y relacional. Sentirse visto es intimidad, es el lugar donde me siento conocido. Pero en Génesis 3 vemos lo rápido que el pecado destruye esa intimidad. Cuando Adán y Eva deciden vivir por su propia sabiduría, Dios los tiene que sacar del jardín y enviarlos al desierto. Y ahí me quiero detener hoy: en el desierto.

El desierto, un escenario que se repite en la Biblia

Los autores de la Biblia usan ciertos escenarios para entrelazar temas a lo largo de la historia. Jonathan mencionó la mesa, que aparece desde los Salmos hasta el Apocalipsis. También están las montañas: Abraham sube con Isaac, Israel recibe los mandamientos, Jesús se transfigura y predica el sermón del monte. El desierto es muy parecido. Agar en el desierto, Israel caminando cuarenta años, Jesús ayunando cuarenta días y siendo tentado; los profetas y Pablo lo mencionan una y otra vez. Casi todas las personas importantes de la Biblia tienen al menos un momento en el desierto, y muchas veces se encuentran ahí con Dios.

¿Pero qué representa el desierto? Peligro, un enfrentamiento con la muerte, inseguridad, escasez, desorientación. Estar en el desierto es deambular sin dirección y sin pertenecer.

«…aquel vasto y terrible desierto, tierra reseca y sedienta, llena de serpientes venenosas y escorpiones.» — Deuteronomio 8:15 (NVI)

A veces llegamos ahí por nuestras propias acciones —Moisés huye después de matar a un egipcio, Jacob después de engañar a su padre— y a veces llegamos por la maldad de los demás, como Agar, que fue esclava y maltratada, o David, que tuvo que huir de Saúl. Y aunque parezca imposible, nosotros también tenemos nuestros desiertos:

  • Llegás a un país extranjero: otra cultura, otro idioma, lejos de tu gente, y lo que fuiste a buscar cuesta mucho más de lo que pensabas.

  • Te echan del trabajo y no sabés cómo vas a pagar las cuentas, ni dónde quedó tu valor.

  • Entrás en una etapa nueva de la vida: cambian tus responsabilidades y tu identidad, y aunque agradecés el crecimiento, sentís que perdiste algo.

Estas situaciones son reales y comunes, y en todas es facilísimo hacer la misma pregunta: ¿dónde está Dios en todo esto?

Dios le da propósito al desierto

Acá pasa algo importante que capaz no mencionamos: Dios le puede dar un propósito al desierto que de otra manera no tendría ningún sentido. El camino de Egipto a la tierra prometida podía hacerse en once días, pero tomó cuarenta años. Dios los llevó por el camino largo porque sabía que su pueblo estaba traumatizado por siglos de esclavitud y todavía no era capaz de confiar. Si llegaban demasiado rápido y enfrentaban la guerra, iban a querer volver a Egipto.

Tres meses después de la salida, Dios se casa con su pueblo. En el monte hay como un matrimonio: él promete ser su Dios, y ellos van a ser su pueblo. Les muestra su identidad, sus valores, cómo vivir. Desde los primeros pasos en el desierto, Dios está formando a su pueblo para que ya no tenga miedo, sino que sea libre y seguro en la identidad que él le da. No quería meterlos de nuevo en el jardín solo para verlos repetir el error de Adán y Eva. Pero cuando llegan, desconfían; creen que tienen mejores planes que Dios. Esa generación nunca entra, y pasan treinta y ocho años más en el desierto.

«…porque no confiaron en Dios, ni creyeron que él los salvaría.» — Salmo 78:22 (NVI)

Antes de entrar, Moisés les da un recordatorio y casi un mandamiento: no se olviden de lo que Dios hizo, cómo los cuidó, los proveyó y los sostuvo. Y les advierte que no piensen «esta riqueza es fruto de mi poder, de la fuerza de mis manos». En el desierto la tentación es dudar y vivir según mi propia sabiduría; en el jardín, la tentación es pensar «no necesito a Dios, esto lo logré yo». En los dos lugares hace falta lo mismo: confiar y acercarnos a él.

Agar y Jesús

Agar: el Dios que me ve

Agar fue esclava, extranjera y menospreciada, maltratada por la familia principal del pueblo de Dios. Y Dios la vio en el desierto. Cuando ya había perdido la esperanza, la vio, la cuidó y le dio una promesa enorme, muy parecida a la de Abraham. Pero lo que le pidió fue volver a esa opresión. O sea: confiar no siempre significa salir del desierto de una. A veces confiamos y seguimos ahí un tiempo más. Aun así, Agar es la única persona en toda la Biblia que le pone un nombre a Dios. Dios tiene muchos nombres, pero ella dice: «Te voy a llamar el Dios que me ve». Esa historia nos muestra que Dios nos ve, aun en el desierto.

Jesús: abre el camino

Jesús también estuvo muchas veces en el desierto, y después de su bautismo ayunó cuarenta días y fue tentado. Es cien por ciento humano y siente la tentación de apoyarse en su propia sabiduría; pero es cien por ciento Dios y nos muestra cómo es vivir en unión con el Padre, confiando en que, a pesar de las circunstancias, lo está cuidando. Cada vez que Satanás lo tienta, su respuesta es la palabra de Dios.

«No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» — Mateo 4:4 (NVI)

Y como él pudo atravesar el desierto como nadie más lo hizo, nos abre el camino. Lo hace posible. Porque cuando nos bautizamos, morimos con él y resucitamos con él, y él nos lleva a través del desierto.

Dios te ve en tu desierto

No sé la situación de cada uno. Capaz estás en un desierto donde te cuesta ver dónde está Dios. Capaz llegaste ahí sin culpa, porque vivimos en un mundo roto donde la maldad de los demás nos afecta; o capaz fue por consecuencia de tus decisiones, porque a veces nosotros mismos nos llevamos al desierto. Nosotros te podemos ver, conocer y apoyar —para eso está la iglesia—, pero Dios te ve de una manera mucho más profunda: conoce tu corazón y tiene un plan.

«Lo más importante que quiero que sepan es que Dios te ve.»

Eso no quiere decir que te vaya a resolver todo ahora.

«No quiere decir que capaz no vengan 38 años más de desierto. Y en ese caso, si así es, te acompañamos.»

Pero aun en esos treinta y ocho años, Dios está: proveyendo, cuidándote, acercándote y mostrándote que te ama, que te ve. Podemos estar seguros en nuestra identidad como pueblo de Dios, sabiendo que nos está preparando para vivir de nuevo en el jardín, en ese mundo nuevo que Jonathan leyó en Apocalipsis, donde volvemos a su presencia. Capaz este momento en el desierto nos ayude a acompañarlo mejor cuando estemos en la eternidad. Aun si estamos en el desierto ahora, podemos vivir como gente del jardín.

Pasaje bíblico

  • Salmos 78:14-32 (NVI)
    De día los guió con una nube, y de noche con luz de fuego. En el desierto partió las rocas y les dio a beber a raudales… Pero ellos volvieron a pecar contra él y a rebelarse en el desierto contra el Altísimo… porque no confiaron en Dios, ni creyeron que él los salvaría.
  • Génesis 16:1-15 (NVI)
    Como el Señor le había hablado, Agar le puso por nombre 'El Dios que me ve', pues se decía: «Ahora he visto al que me ve.»
  • Mateo 4:1-11 (NVI)
    Escrito está: 'No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.'
  • Deuteronomio 8:10-20 (NVI)
    10 Cuando hayas comido y estés satisfecho, alabarás al Señor tu Dios por la tierra buena que te habrá dado. 11 Pero ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, leyes y estatutos que yo te encargo hoy. 12 Y cuando hayas comido y te hayas saciado, cuando hayas edificado casas cómodas y las habites, 13 cuando se hayan multiplicado tus vacas y tus ovejas, y hayan aumentado tu plata y tu oro y sean abundantes tus riquezas, 14 no te vuelvas orgulloso ni olvides al Señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, el país donde eras esclavo. 15 Él te guio a través del vasto y horrible desierto, esa tierra reseca y sedienta, llena de serpientes venenosas y escorpiones; te dio el agua que hizo brotar de la más dura roca. 16 En el desierto te alimentó con maná, comida que jamás conocieron tus antepasados. Así te humilló y te puso a prueba, para que a fin de cuentas te fuera bien. 17 No se te ocurra pensar: «Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos». 18 Recuerda al Señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado hoy su pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados. 19 Si llegas a olvidar al Señor tu Dios y sigues a otros dioses para adorarlos y postrarse ante ellos, testifico hoy en contra tuya que ciertamente serás destruido. 20 Si no obedeces al Señor tu Dios, te sucederá lo mismo que a las naciones que el Señor irá destruyendo a tu paso.

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