7 de junio de 2026

El deseo más profundo de Dios

Uno de los deseos más profundos de Dios es estar con nosotros, y la prueba más contundente de ese deseo es la encarnación de Jesús.

Predicado por

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Jonathan Hanegan

07 de jun de 2026


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Conocer a Dios

Quiero compartir con ustedes una mirada acerca de Dios. ¿Dios es una cosa o es una persona? Es una persona que conocemos. Y conocer a Dios es muy parecido a conocer a otras personas. Muchas veces nos acercamos a Dios con ideas equivocadas, simplemente por falta de experiencia.

Cuando fui a Ecuador, fui a comprar un agua y dije: «Hola señora, ¿me da un agua con gas?». Y me dice: «Water, your dollar». Le digo: «¿Perdón?». «Your dollar». «Señora, le estoy hablando en español». Pero mi cara decía que yo no sabía hablar español, y por eso me respondió así. Podemos acercarnos a otros con ideas equivocadas. ¿Y cuál es la forma de terminar de conocer a alguien? Acercándonos. Aun como cristianos, y aun con muchos años en la iglesia, podemos tener ideas equivocadas acerca de Dios.

El deseo más profundo de Dios

El deseo que quiero señalar hoy, uno de los deseos más profundos de Dios, es simplemente estar con nosotros. A veces nos cuesta creerlo. ¿Lo creemos de verdad?

Pensemos un rato. Él es un Dios que es totalmente otro. No es como yo: Él es Dios y yo soy su creación. Nadie le creó a Dios; Dios existe desde siempre, es quien es, independientemente de su creación, y no necesita a nadie. Había cierto mito en el mundo greco-romano —de esos que salen en las pelis— de que si no oraban a los dioses, estos se debilitaban y no podían intervenir a favor de la humanidad. Bueno, Dios no es así: no nos necesita para nada.

Y en ese ser que es totalmente otro, independiente, que no necesita a nadie, ¿cuál es su deseo más profundo? Estar con nosotros. No pareciera ser muy lógico que un Dios, a quien no le hace falta nada, quisiera estar con nosotros. Y cuando vamos entendiendo esto, puede que nos cambie la vida.

Las confusiones de Israel

Dios eligió a Israel porque quería darse a conocer a todo el mundo. Lo eligió para que fuese una especie de laboratorio, un pueblo ejemplar que luego ayudara a Dios a comunicarse con todas las naciones. Pero Israel se confundió un par de veces acerca de ese deseo.

Confusión política

Decían: «Nosotros también queremos estar con Dios, pero queremos estar bien políticamente. Vamos a hacer unos lazos con otros pueblos para la cuestión política, pero con Dios estamos en el templo: le cantamos, le sacrificamos, y lo político lo resolvemos por nuestra cuenta». Y Dios se enojó: «¿Acaso no soy yo el comandante de la fuerza de Israel? ¿Acaso no soy yo también el encargado de su seguridad?».

Confusión económica

Después decían: «Estamos con Dios en el templo, pero económicamente nos vemos mal, y a este pueblo que adora a falsos dioses le va bien. Por lo tanto, vamos a hacer un poco de lo que hacen ellos y un poco de lo que hacemos nosotros». Pensaban que a Dios no le interesaba su bienestar económico. Y Dios les dice: «¿Acaso no soy yo padre de todos ustedes, para cuidarlos y proveer para sus necesidades?».

Confusión por orgullo

Y por último, el pueblo se confundió pensando: «Dios, entre todos los pueblos, nos eligió a nosotros porque lo merecemos, porque somos los más espectaculares sobre la faz de la tierra». ¿Y qué les dijo Dios? «No son tan lindos. Yo les elegí a ustedes, como podría haber elegido a cualquier pueblo, pero les elegí con una misión y con una vocación. Y cuando se olvidan de esa misión, todo esto que tenemos juntos no tiene tanto sentido».

Tenían una visión muy triste, muy reduccionista de Dios. Es como un papá que dice: «Yo te pagué el colegio y tu trabajo es ir», sin que hubiera un deseo de que el hijo aprendiera, estuviera bien y saliera adelante en la vida. Pensar a Dios de esa manera es una tragedia: en principio, porque Dios no es así; pero también porque, creyéndose apretados política, económica o espiritualmente y a la vez los favoritos de Dios, perdieron la bendición de relacionarse con Él como les convenía.

Cuando pienso en lo mejor que me dieron mis papás, no fue la plata ni la ropa —la ropa ni me la acuerdo—. Lo más importante para mí a esta edad es el tiempo que me dieron, el estar conmigo, el preocuparse por mí, el matarse trabajando para que yo pudiera estar bien. Eso es lo que ahora, de grande, valoro.

Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos

Para estar con Dios necesitamos algo importante, y no es ser bueno ni bonito, porque según la Biblia ninguno es tan bueno ni tan bonito como para que por sus propios medios pueda estar con Dios. ¿Qué necesitamos? Es bastante fácil y a la vez complejo: reconocer que necesitamos estar con Él.

En el profeta Joel vimos que el pueblo quería estar con Dios, pero también quería estar con los demás y hacer esto y lo otro. Y Joel les dice de parte de Dios:

«Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia.» — Joel 2:13 (RVR1960)

En el mundo antiguo era muy común demostrar un lamento o una frustración rompiéndose la ropa, y a veces echándose cenizas encima para mostrar lo atormentados que estaban. Y Dios, ¿qué les dice? Basta de espectáculo. No se rompan más las camisas: rómpanse el corazón. «No me interesan sus cultos ni sus sacrificios, ni todo lo que han armado para mostrar que están conmigo. ¿Qué quiero? Que estén conmigo de todo corazón».

Mis papás no me dijeron: «Ser un buen hijo es lavar los platos, sacar la basura y estudiar». Dijeron: «Si querés ser parte de la familia, tenés que acompañarla en todo. Tenés que estar con nosotros, como queremos estar con ustedes». ¿Qué le pedía Dios a Israel? No que fuesen perfectos, que nunca se equivocaran, que no tuvieran miedo ni duda. Quería que atravesaran la vida diaria con Él. No es demasiado pedir.

La encarnación: la prueba más contundente

¿Cuál es la prueba más contundente que existe de que Dios quiere estar con nosotros? Comienza con «en» y termina con «carnación»: la encarnación de Jesús. Porque Dios, siendo tan grande, tan otro, tan independiente e invisible —a veces nos cuesta pensar cómo nos relacionamos con Él—, ¿qué hizo? Se achicó, se despojó de sí mismo, dejó las glorias del cielo. ¿Para qué? Para nacer en Palestina, en territorio ocupado por los romanos, en tiempos súper complicados.

A mí me da mucho consuelo que, cuando Dios se hizo hombre, no fue en el mejor momento de la humanidad ni de su pueblo. Cuando Dios elige tomar nuestra forma para que podamos conocerlo, verlo, tocarlo y entender mejor quién es, no nace en ningún palacio, no nace en Recoleta. Nace en una familia humilde y se cría en un pueblo, con un padre que le enseña su oficio.

Jesús en la mesa con los pecadores

En Mateo 9 dice: cuando Jesús se fue de allí, vio a un hombre llamado Mateo en la oficina de los tributos y le dijo: «Ven, sígueme». Y levantándose, lo siguió. ¿Quién era Mateo? Un recaudador de impuestos, un traidor a la patria, un vendepatria: trabajaba para el enemigo, para el pueblo que gobernaba, explotaba y mataba a la gente local. Buscó un trabajo que le permitiera vivir de la explotación de su propio pueblo. No era muy querido. ¿Y a quién llama Jesús? Al vendepatria.

Acto seguido, estando Jesús sentado a la mesa en la casa, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y se sentaron con Él y sus discípulos. Imagínense estar ahí: el rabino de Galilea, medio cuestionable, que no viene de una escuela de rabinos, que es hijo de carpintero y tiene un acento medio burdo del campo, llama a personas importantes y no tan importantes —gente que traiciona a la patria, pescadores— y se sienta a la mesa con ellos.

Cuando los fariseos, los teólogos, los religiosos vieron esto, dijeron a sus discípulos: «¿Por qué come su maestro con los recaudadores de impuestos y pecadores?». Al oír esto, Jesús dijo:

«Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.» — Mateo 9:12-13 (RVR1960)

¿Con quién se sienta Jesús a la mesa? No con los que más han leído la Biblia, ni con los que fueron elegidos desde chiquitos para estudiar los idiomas sagrados. Se sienta con las personas que sabían que les hacía falta algo, que les hacía falta Dios, que les hacía falta el reino de Dios. Y cuando se escandalizan los que supuestamente no son pecadores, ¿qué les dice? «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores; no he venido por los sanos, sino por los enfermos».

Les voy a dar una notición: esta iglesia está llena de pecadores. Si no lo sabían, lamento ser la primera persona en decírselo. Estamos acá porque queremos estar en la mesa con Jesús, porque no nos escandalizamos de que nuestro maestro se siente a la mesa con pecadores, porque también nosotros lo somos y también nosotros necesitamos de Jesús. ¿Cuánto quiere estar Dios con nosotros? Tanto que Jesús, siendo Dios, arriesgaba su reputación y su autoridad como maestro para poder sentarse a la mesa y compartir la vida con nosotros.

Es una gran ilusión, una mentira, que algún día podríamos estar bien sin Dios, o que llega un momento en la vida espiritual en que ya no lo necesitamos tanto. «Voy a rebuscarme la vida por acá y después cumplo con Dios; voy a hacer todo lo que tenga que hacer por mi familia y luego le doy a Dios lo que le corresponde». ¿Qué quiere Dios? Quiere estar en todo. ¿Y qué nos hace bien a nosotros? Que Dios esté en todo. Él quiere lo que nos conviene, lo que nos hace bien.

Una gran nube de testigos

Hebreos 11 habla de grandes personas, hombres y mujeres que vivieron con fe, que obedecieron y que sufrieron. Algunas mujeres recibieron a sus muertos mediante la resurrección; otros fueron torturados, sin aceptar su liberación, a fin de obtener una mejor resurrección. Otros experimentaron insultos, azotes, cadenas y prisiones; fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada; anduvieron de aquí para allá cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pobres, angustiados y maltratados, de los cuales el mundo no era digno.

Y todos ellos, habiendo alcanzado buen testimonio por su fe, no recibieron lo prometido, proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. O sea, todas estas personas que sufrieron tanto no han recibido su premio todavía, porque nos están esperando para el día final, para que estemos todos juntos.

«Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.» — Hebreos 12:1-2 (RVR1960)

Consideren a Jesús, que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón. Porque en su lucha contra el pecado ustedes todavía no han resistido hasta el punto de derramar sangre. ¿Qué quiere decir eso? Que seguimos con vida, y seguimos con la oportunidad de vivir para honrar a Jesús. Nosotros no hemos sufrido lo que sufrió Jesús, y aun así Él fue fiel hasta el final.

Dejémonos amar por Dios

Quiero animarles a dejarle a Dios llenar su vida, a dejar que tenga el espacio que quiera, que pueda estar presente de la manera que Él quiere. Sería una tristeza enorme que Dios estuviera con los brazos abiertos y nosotros entretenidos con otras cosas —encima, cosas que no traen bienestar ni plenitud— pensando que sí. Dios quiere bendecirnos con su presencia, y con su presencia trae bienestar, felicidad y todas esas cosas que anhelamos de Él.

Muchas veces pensamos que Dios trabaja como un cajero automático. A veces lo vemos con los hijos: mi sobrino de siete años me dijo: «Tío, cómprame este Pokémon», y le digo: «No, no tengo plata». «Tío, yo vi la tarjeta de crédito en tu billetera». «Vos me amás, vos me vas a comprar todo lo que yo quiera». Y ahí tuve que romper esa ilusión: justamente porque lo amo, no le voy a dar todo lo que quiere. Lo mejor es que su tío lo ame, y que lo ame de la manera que el tío sabe que es mejor. Dejémonos amar por Dios como Él quiere, y vayamos descubriendo ese amor que nos hace muy bien. Si aún no lo hemos comprobado, es cuestión de conocer, de dejarnos amar y cuidar por Dios.

¿Cómo le fue a Jesús en esta vida? ¿Un leve paseo, verdad? Nunca tuvo ningún inconveniente, nunca pasó hambre, nunca le golpearon, nunca le insultaron… Todo eso lo soportó. ¿Por qué? Por nosotros, porque quiere estar con nosotros. Dios nos ama profundamente, un montonazo, y nosotros a veces, distraídos, buscamos el amor en otro lado. Lo más triste para el cristiano es andar mendigando el amor por ahí, cuando lo tenemos en Jesús.

Entonces, esta semana pongamos los ojos en Jesús —la muestra más palpable de que Dios quiere estar con nosotros— y busquémoslo. Pero también dejemos cierta pretensión de resolver por nuestra cuenta, para que Dios nos pueda abrazar y amar como Él quiere.

Pasaje bíblico

  • Joel 2:13 (NVI)
    Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo.
  • Mateo 9:12-13 (NVI)
    Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.
  • Hebreos 12:1-2 (NVI)
    Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

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